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odiado por el pueblo es uno de los remedios más eficaces de que dispone un
príncipe contra las conjuraciones. El conspirador siempre cree que el pueblo
quedará contento con la muerte del príncipe, y jamás, si sospecha que se
producirá el efecto contrario, se decide a tomar semejante partido, pues son
infinitos los peligros que corre el que conspira. La experiencia nos
demuestra que hubo muchísimas conspiraciones y que muy pocas tuvieron éxito.
Porque el que conspira no puede obrar solo ni buscar la complicidad de los
que no cree descontentos; y no hay descontento que no se regocije en cuanto
le hayas confesado tus propósitos, porque de la revelación de tu secreto
puede esperar toda clase de beneficios; es preciso que, sea muy amigo tuyo o
enconado enemigo del príncipe para que, al hallar en una parte ganancias
seguras y en la otra dudosas y llenas de peligro, te sea, leal. Y para
reducir el problema a, sus últimos términos, declaro que de parte del
conspirador sólo hay recelos, sospechas y temor al castigo, mientras que el
príncipe cuenta con la majestad del principado, con las leyes y con la ayuda
de los amigos, de tal manera que, si se ha granjeado la simpatía popular, es
imposible que haya alguien que sea tan temerario como para conspirar. Pues
si un conspirador está por lo común rodeado de peligros antes de consumar el
hecho, lo estará aún más después de ejecutarlo, porque no encontrará
amparo en ninguna parte.
Sobre este particular podrían citarse innumerables ejemplos; pero me daré
por satisfecho |
con
mencionar uno que pertenece a la época de nuestros padres. Micer Aníbal
Bentivoglio, abuelo del actual micer Aníbal, que era príncipe de Bolonia,
fue asesinado por los Canneschi, que se había conjurado contra él, no
quedando de los suyos más que micer Juan, que era una criatura.
Inmediatamente después de semejante crimen so sublevó el pueblo y exterminó
a todos los Canneschi. Esto nace de la simpatía, popular que la casa de los
Bentivoglio tenía en aquellos tiempos, y que fue tan grande que, no quedando
de ella nadie en Bolonia que pudiese, muerto Aníbal, regir el Estado, y
habiendo inicios de que en Florencia existía un descendiente de los
Bentivoglio, que se consideraba hasta entonces hijo de cerrajero, vinieron
los boloñeses en su busca a Florencia y le entregaron el gobierno de aquella
ciudad la que fue gobernada por él hasta que micer Juan hubo llegado a una
edad adecuada par asumir el mando.
Llego, pues, a la conclusión de que un príncipe, cuando es apreciado por el
pueblo, debe cuidarse muy poco de las conspiraciones; pero que debe temer
todo y a todos cuando lo tienen por enemigo y es aborrecido por él. Los
Estados bien organizados y los príncipes sabios siempre han procurado no
exasperar a los nobles y, a la vez, tener satisfecho y contento al pueblo.
Es éste uno de los puntos a que más debe atender un príncipe.
En la actualidad, entre los reinos bien organizados, cabe nombrar el de
Francia, que cuenta
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