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con muchas instituciones buenas que están al servicio de la libertad y de la
seguridad del rey, de las cuales la primera es el Parlamento. Como el que
organizó este reino conocía, por una parte, la ambición y la violencia de
los poderosos y la necesidad de tenerlos como de una brida para corregirlos
y, por la otra, el odio a los nobles que el temor hacía nacer en el pueblo
—temor que había que hacer desaparecer—, dispuso que no fuese cuidado
exclusivo del rey esa tarea, para evitarle los inconvenientes que tendría
con los nobles si favorecía al pueblo y los que tendría con el pueblo si
favorecía a los nobles. Creó entonces un tercer poder que, sin
responsabalidades para el rey, castigase a los nobles y beneficiase al
pueblo. No podía tomarse medida mejor ni más juiciosa, ni que tanto
proveyese a la seguridad del rey y del reino. De donde puede extraerse esta
consecuencia digna de mención: que los príncipes deben encomendar a los
demás las tareas gravosas y reservarse las agradables. Y vuelvo a repetir
que un príncipe debe estimar a los nobles, pero sin hacerse odiar por el
pueblo.
Acaso podrá parecer a muchos que el ejemplo de la vida y muerte de ciertos
emperadores romanos contradice mis opiniones, porque hubo quienes, a pesar
de haberse conducido siempre virtuosamente y de poseer grandes cualidades,
perdieron el imperio o, peor aún, fueron asesinados por sus mismos súbditos,
conjurados en su contra. Para contestar a estas objeciones examinaré el
comportamiento de algunos emperadores y demostraré que las causas
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de su ruina no difieren de las que he expuesto, y mientras tanto, recordaré
los hechos más salientes de la Historia de aquellos tiempos. Me limitaré a
tomar a los emperadores que se sucedieron desde Marco el Filósofo hasta
Maximino: Marco, su hijo Cómodo, Pertinax, Juliano, Severo, su hijo Antonio
Caracalla, Macrino, Heliogábalo, Alejandro y Maximino. Pero antes conviene
hacer notar que, mientras los príncipes de hoy sólo tienen que luchar contra
la ambición de los nobles y la violencia de los pueblos, los emperadores
romanos tenían que hacer frente a una tercera dificultad: la codicia y la
crueldad de sus soldados, motivo de la ruina de muchos. Porque era difícil
dejar a la vez satisfechos a los soldados y al pueblo, pues en tanto que el
pueblo amaba la paz y a los príncipes sosegados, las tropas preferían a los
príncipes belicosos, violentos, crueles y rapaces, y mucho más si lo eran
contra el pueblo, ya que así duplicaban la ganancia y tenían ocasión de
deshogar su codicia y su perversidad. Esto explica por qué los emperadores
que carecían de autoridad suficiente para contener a unos y a los otros
siempre fracasaban; y explica también por qué la mayoría, y sobre todo los
que subían al trono por herencia, una vez conocida la imposibilidad de dejar
satisfechas a ambas partes, se decidían por los soldados, sin importarles
pisotear al pueblo. Era el partido lógico: cuando el príncipe no puede
evitar ser odiado por una de las dos partes, debe inclinarse hacia el grupo
más numeroso, y cuando esto no es posible, inclinarse hacia el más fuerte.
De ahí que los emperadores -que al serlo por razones ajenas al derecho
tenían
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