|
más peligros. Pero cuando se los desarma, se empieza por ofenderlos, puesto
que se les demuestra que, por cobardía o desconfianza, se tiene poca fe en
su lealtad; y cualquiera de estas dos opiniones engendra odio contra el
príncipe. Y como el príncipe no puede quedar desarmado, es forzoso que
recurra a las milicias mercenarias, de cuyos defectos ya he hablado; pero
aun cuando sólo tuviesen virtudes, no pueden ser tantas como para defenderlo
de los enemigos poderosos y de los súbditos descontentos. Por eso, como he
dicho, un príncipe nuevo en un principado nuevo no ha dejado nunca de
organizar su ejército según lo prueban los ejemplos de que está llena la
Historia. Ahora bien: cuando un príncipe adquiera un Estado nuevo que añade
al que ya poseía, entonces sí que conviene que desarme a sus nuevos
súbditos, excepción hecha de aquellos que se declararon partidarios suyos
durante la conquista; y aun a éstos, con el transcurso del tiempo y
aprovechando las ocasiones que se le brinden, es preciso debilitarlos y
reducirlos a la inactividad y arreglarse de modo que el ejército del Estado
se componga de los soldados que rodeaban al príncipe en el Estado antiguo.
Nuestros antepasados, y particularmente los que tenían fama de sabios,
solían decir que para conservar a Pistoya bastaban las disensiones, y para
conservar a Pisa, las fortalezas; por tal motivo, y para gobernarlas más
fácilmente, fomentaban la discordia en las tierras sometidas, medida muy
lógica en una época en que las fuerzas de Italia estaban
|
equilibradas., pero no me parece que pueda darse hoy por precepto, porque no
creo que las divisiones traigan beneficio alguno; al contrario, juzgo
inevitable que las ciudades enemigas se pierdan en cuanto el enemigo se
aproxime, pues siempre el partido más débil se unirá a las fuerzas externas,
y el otro no podrá resistir.
Movidos por estas razones, según creo, lea venecianes fomentaban en las
ciudades conquistadas la creación de guelfos y gibelinos., y aunque no los
dejaban llegar al derramamiento de sangre, alimentaban, sin embargo, estas
discordias entre ellos, a fin de que, ocupados en sus diferencias, no se
uniesen contra el enemigo común. Pero, como hemos visto, este proceder se
volvió en su contra pues, derrotados en Vailá, uno de los partidos cobró
valor y les arrebató todo el Estado. Semejantes recursos inducen a sospechar
la existencia de alguna debilidad en el príncipe, porque un príncipe fuerte
jamás tolerará tales divisiones, que podrán serle útiles en tiempos de paz,
cuando, gracias a ellas, manejará más fácilmente a sus súbditos, pero que
mostrarán su ineficacia en cuando sobrevenga la guerra.
Indudablemente, los príncipes son grandes cuando superan las dificultades y
la oposición que se les hace. Por esta razón, y sobre todo cuando quiere
hacer grande a un príncipe nuevo, a quien le es más necesario adquirir fama
que a uno hereditario, la fortuna le suscita enemigos y guerras en su contra
para darle oportunidad de que las supere y pueda,
|
 |