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sirviéndose de la escala que los enemigos le han traído, elevarse a mayor
altura. Y hasta hay quienes afirman que un príncipe hábil debe fomentar con
astucia cierta resistencia para que, al aplastarlas, se acreciente su
gloria.
Los príncipes, sobre todo los nuevos, han hallado más consecuencia y más
utilidad en aquellos que al principio de su gobierno les eran sospechosos
que en aquellos en quienes confiaban. Pandolfo Petrucci, príncipe de Siena,
gobernaba su Estado más con los que le habían sido sospechosos que con los
otros. Pero de este punto no se pueden extraer conclusiones generales porque
varían según el caso. Sólo diré esto: que los hombres que al principio de un
reinado han sido enemigos, si su carácter es tal que para continuar la lucha
necesitan apoyo ajeno, el príncipe podrá siempre y muy fácilmente
conquistarlos a su causa; y lo servirán con tanta más fidelidad cuanto que
saben que les es preciso borrar con buenas obras la mala opinión en que se
los tenía; y así el príncipe saca de ellos más provecho que de los que, por
serle demasiado fieles, descuidan sus obligaciones.
Y puesto que el tema lo exige, no dejaré de recordar al príncipe que
adquiera un Estado nuevo mediante la ayuda de los ciudadanos que examine
bien el motivo que impulsó a éstos a favorecerlo, porque si no so trata de
afecto natural, sino de descontento con la situación anterior del Estado,
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y fatigosamente podrá conservar su amistad, pues tampoco él podrá
contentarlos. Con los ejemplos que los hechos antiguos y modernos
proporcionan, medítese serenamente en la razón de todo esto, y se verá que
es más fácil conquistar la amistad de los enemigos, que lo son porque
estaban satisfechos con el gobierno anterior, que la de los que, por estar
descontentos, se hicieron amigos del nuevo príncipe y lo ayudaron a
conquistar el Estado.
Los príncipes, para conservarse más seguramente en el poder, acostumbraron
construir fortalezas que fuesen rienda y freno para quienes se atreviesen a
obrar en su contra, y refugio seguro para ellos en caso de un ataque
imprevisto. Alabo esta costumbre de los antiguos. Pero repárese en que en
estos tiempos se ha visto a Nicolás Vitelli arrasar dos fortalezas on Cittá
di Castello para conservar la plaza. Guido Ubaldo, duque de Urbino, al
volver a sus Estados de donde lo arrojó César Borgia, destruyó hasta los
cimientos todas las fortalezas de aquella provincia, convencido de que sin
ellas sería más difícil arrebatarle el Estado. Lo mismo hicieron los
Bentivoglio al volver a Bolonia. Por consiguiente, las fortalezas pueden ser
útiles o no según los casos, pues si en unas ocasiones favorecen, en otras
perjudican. Podría resolverse la cuestión de esta manera: el príncipe que
teme más al pueblo que a los extranjeros debe construir fortalezas; pero el
que teme más a los extranjeros que al pueblo debe pasarse sin ellas. El
castillo levantado por Francisco |
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