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perjudicarlo. En suma, en las tropas mercenarias hay que temer sobre todo
las derrotas; en las auxiliares, los triunfos.
Por ello, todo príncipe prudente ha desechado estas tropas y se ha refugiado
en las propias, y ha preferido perder con las suyas a vencer con las otras,
considerando que no es victoria verdadera la que se obtiene con armas
ajenas. No me cansaré nunca de elogiar a César Borgia y su conducta. Empezó
el duque por invadir la Romaña con tropas auxiliares, todos soldados
franceses, y con ellas tomó a Imola y Forli. Pero no pareciéndoles seguras,
se volvió a las mercenarias, según él menos peligrosas; y tomó a sueldo a
los Orsini y los Vitelli. Por último, al notar que también éstas eran
inseguras, infieles y peligrosas, las disolvió y recurrió a las propias. Y
de la diferencia que hay entre esas distintas milicias se puede formar una
idea considerando la autoridad que tenía el duque cuando sólo contaba con
los franceses y cuando se apoyaba en los Orsini y Vitelli, y la que tuvo
cuando se quedó con sus soldados y descansó en sí mismo: que era, sin duda
alguna, mucho mayor, porque nunca fue tan respetado como cuando se vio que
era el único amo de sus tropas.
Me había propuesto no salir de los ejemplos italianos y recientes; pero no
quiero olvidarme de Hierón de Siracusa, ya que en otra parte lo he citado.
Convertido, como expliqué, en jefe de los ejércitos de Siracusa, advirtió en
seguida de la inutilidad de las milicias mercenarias, cuyos jefes tenían los
mismos
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defectos que nuestros italianos; y como no creía conveniente conservarlas ni
licenciarlas, eliminó a sus jefes. E hizo la guerra con sus tropas y no con
las ajenas. Quiero también recordar un episodio del Viejo Testamento que
viene muy al caso. Ofreciéndose David a Saúl para combatir a Goliat,
provocador filisteo, Saúl, para darle valor, lo armó con sus armas; pero una
vez que se vio cargado con éstas, David las rechazó, diciendo que con ellas
no podría sacar partido de sí mismo y que prefería ir al encuentro del
enemigo con su honda y su cuchillo.
En fin, sucede siempre que las armas ajenas o se caen de los hombros del
príncipe, o le pesan, o le oprimen. Carlos VII, padre del rey Luis XI, una
vez que con su fortuna y valor liberó a Francia de los ingleses, conoció
esta necesidad de armarse con sus propias armas y ordenó en su reino la
creación de milicias de caballería e infantería. Después, el rey Luis, su
hijo, disolvió las de infantería y empezó a tomar a sueldo a suizos, error
que, renovado por otros, es, como ahora se ve, el motivo de los males de
aquel reino. Porque al acreditar a los suizos, desacreditó todas sus armas,
ya que hizo desaparecer la infantería y depender la caballería de las tropas
ajenas. Acostumbrada ésta a ir a la guerra en compañía de los suizos, no
cree poder vencer sin ellos. Lo cual explica que los franceses no puedan
contra los suizos, y que sin los suizos no se atrevan a enfrentar a otros.
Los ejércitos de Francia son, pues, mixtos, dado que se componen de tropas
mercenarias y propias; y, en su conjunto, son mucho mejores que las milicias
exclusiva-mente mercenarias
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